Donde hay un límite, una división, un rodeo que se mantiene o un potrero que funciona, hay alambre bien puesto. Leer el terreno, entender la tensión, anticipar el paso del ganado, el agua, el viento y el tiempo, es parte de la tarea del alambrador de todos los dias.

Alambrar implica precisión y resistencia. Cada poste va a pulso, cada hilo se estira con la fuerza justa. Un error mínimo —un alambre flojo, una esquina mal armada— se paga caro. 

En la Argentina rural, el alambrador no deja firma, pero deja orden. Trabaja a la intemperie, lejos, muchas veces solo, avanzando metro a metro. Marca campos, cuida animales, organiza el trabajo diario. Su oficio es técnico, físico y silencioso. 

Como dice el gran maestro, José Larralde: 

“En mi pago también
Está el que alambra
Y sin saber
Tal vez montar un flete
Monta la pala mocha
La barreta, hace maneas California
y sangra
Ese, también es criollo, compañero”
 
 
Foto portada: Pedro Tadeo Martino, Paraje La Verde. Chacari 1960
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