Darío Mastrosimone
“Uno se pinta a uno mismo”, dice Darío Mastrosimone, y en su pintura esa frase se cumple. De chico dibujaba sin parar, pero cuando terminó la secundaria terminó dedicándose a la contaduría. Años después, el arte lo encontró de nuevo, esta vez en San Martín de los Andes, donde descubrió su verdadera vocación. Allí conoció al pintor Georg Miciu, de quien aprendió a pintar y con quien desarrolló una amistad que marcaría su camino.
Hoy, Mastrosimone pinta lo que lo rodea: la montaña, la leña, la nieve, la luz del sur. Trabaja con espátula y óleo, buscando la textura, el movimiento y la emoción detrás de cada escena. Muchas veces parte de las fotografías que toman sus hijos.
En sus cuadros aparecen su familia, su entorno, su vida cotidiana. Pero lo que muestra no es la realidad tal cual es, sino su interpretación pasional de ella. Cada obra traduce la experiencia de vivir, la emoción del instante, y la certeza de que el arte —como él dice— es una forma de hacer más amable la vida.
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